Capítulo 7

-Así que ahora vives sólo con tu abuela... -su voz sonaba a actor de película.
-Si. La verdad es que no se está tan mal, vivo bien. Me siento en casa.
-Me alegro Silvi. Asi es como debes pensar.
-Lo sé... la verdad es que al principio me sentía perdida, sin un rumbo fijo. Pero ahora poco a poco supongo que voy superando todo esto. -Mis ojos se empezaron a empañar.
-Eh... no llores. -su voz dulce y su mano suave contra mi mejilla limpiandome las lágrimas consiguieron quitarme y hacer olvidarme la pena.
Cuando conseguí tranquilizarme, pensé en algo de lo que hablar.
-Oye... ¿y el colegio?
-¿Qué quieres decir?
-Si, bueno... no te he visto en el colegio aún. ¿Ya no vas?
-Si claro, lo que pasa es que he estado currando, voy cuando puedo, pero prometo ir el lunes.
Le sonreí y nos quedamos mirando el campo.
-Creo que ya sé lo que vamos a hacer.
-¿El qué? -pregunté.
-Pensaba ir al campo de mis abuelos, es agotador, pero la recompensa es especialmente buena.
-Vale. Me parece bien.
Creo que un poco de trabajo vendrá bien para mi mente.


Estar ese día con Carlos fue un alivio y un gran suspiro para mí... nos entretuvimos a mitad de camino para ver como un caballo corría veloz y en libertad, como si volase.

Al final del dia me acompañó a casa, estaba tan exhausta que ni cené, me dirigí directamente a mi cuarto, me tumbé en la cama y cerré los ojos.
Entonces, soñé con él. Sus ojos, su melena, sus hombros, sus labios... mi cuerpo sintió un repentino deseo de besarlo, poseerlo, tocarlo y amarlo.


-Me voy.

-Ten cuidado pequeña.
-Claro abuela.
Salí de la casa atropelladamente, era la primera vez desde que estaba en aquel pueblo, que tenía ganas de ir al instituto. Al principio, iba andando pero poco a poco, mis piernas fueron solas, empecé a correr, tanto que creí volar... entonces, un escalofrío me recorrió la espalda, desde abajo hasta el cogote. No sé que me pasó, pero no me importó, seguí corriendo, cada vez a más velocidad, cerré los ojos, supe que no me pasaría nada, que pasaría entre medio de los coches que circulaban por la carretera sin ser atropellada, ni si quiera, sin ser vista. Eso sucedió, por un momento, me sentí poderosa y diferente.
Me paré, pensando en que lo que acababa de hacer era una completa locura, abrí los ojos y me quedé atónita. Estaba a las puertas del cementerio. Tuve dos opciones, o me estaba volviendo loca o estaba loca.
Volvi sobre mis pasos, esta vez, andando y con los ojos bien abiertos. Cuando llegué al instituto, alguien me dio en la espalda.
Sus ojos sinceros me miraron alegres.
-¡Hola! te dije que vendría.
Sonreí y le di un abrazo.
-Sabía que vendrías. - le dije mientras se me ensanchaba la sonrisa.
Pero de repente, Carlos miró a su alrededor, alerta y se quedó pretificado cuando su mirada se cruzó con la de otro chico. El chico de negro.
-¿Qué pasa Carlos? -pregunté.
-Nada... -su voz sonaba extrañamente gutural. Y arisca.
-Pues vamos... a clase.
-Claro.
Sus ojos, antaño claros y llenos de luz, ahora se tornaban oscuros y brillantes. Siguió mirando a Antonio mientras me cogía de la cintura. Entonces, este se acercó. Muy, muy despacio. O eso me pareció, porque podría haber contado los segundos como si fuesen horas.
Cuando por fin llegó, se dirigió a mí, mientras, no paraba de echarle miradas furtivas a Carlos.
-Silvia... quería darte esto. Volví al cementerio y encontré esto. -Hasta entonces miraba a Carlos, pero ahora me miró a mí, mientras alargaba su brazo hacia mí y abría su mano.
Miré y observé que había un pequeño pendiente brillante. Me toqué la oreja y ni me había dado cuenta de que lo había perdido. Lo cogí y le di las gracias.
Carlos y yo entramos a clase seguidos de un batallón de alumnos hablando, chillando, vociferando cosas indescifrables.
-¿De qué lo conoces? -le pregunté a Carlos.
-¿A quién? -intentó hacerse el despistado.
-A Antonio.
-¿Ahora se hace llamar así?
No me esperaba esa respuesta. Así que miré a la pizarra justo en el momento en que Ariadna entraba a clase seguida del profesor.
Esa hora se me hizo interminable, conté los segundos uno por uno, esperando el momento en que tocase el timbre para salir al patio, despejarme y liberar las ideas que tenia amontonadas en la cabeza.
Para empezar. ¿De qué se conocían Antonio y Carlos? porque de algo se conocen... se alzaba a la vista. Después, si se conocían, por qué esas miradas de odio... recordar el momento hizo que algo dentro de mí se partiese en dos. Era una tontería, Carlos estaba metido en mi vida, pero Antonio lo conozco de unos días mal contados.
Estaba tan sumida en mis pensamientos, que no escuché como tocaba el timbre.
-¡Silvia! ¿Estás? -la voz de Carlos sonó lejana.
Volví de dónde estaba para encontrarme la mirada preocupada de Carlos.
-Perdón... me he quedado pensando en... los franceses y sus guerras.
Carlos echó a carcajadas al escuchar tal comentario y cuando volvió en sí, me miró divertido, me levantó de mi silla y me llevó al patio.
-Quiero presentarte a una amiga... especial. La he conocido esta semana pasada... pero es una chica increíble. Está en nuestra clase. -me susurró muy bajito.
-¿Ah si? ¿quién es?
Yo esperaba encontrarme a una chica modelo, rubia de ojos verdes. Lo que me encontré fue una chica menuda, irreconocible, morena y si... por lo menos tenía ojos verdes.
-¿Ariadna?

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