Capítulo 19

Días después de ver a Antonio salir del instituto, días después de que volviera solo para despedirse de mí..., días después, lo echo de menos, tanto como echo de menos a mis padres. Si mi madre estuviera aquí, podría aconsejarme, pensando que él era un chico normal, un chico corriente.
Pero ella no estaba, nadie estaba a mi lado. Y yo necesitaba respuestas y ni si quiera mi abuela estaba ahí para resolverlas.


Me sentía sola y Ariadna aún no había llegado, en clase dijo que llegaría sobre las 5. Realmente no sabía si quería algo de compañía o si añoraba un poco de ella. Pero tenía que hacerlo.



20 minutos más tarde llegamos a las puertas cerradas del cementerio he instantáneamente nos paramos.

-¿De verdad vamos a hacerlo? -preguntó por tercera vez.
-No lo sé. -le respondí por tercera vez. -Pero creo que nos merecemos saber qué es realmente lo que pasa.
-Ya. Yo también lo creo y deberíamos de hacerlo...
-Escucha Ariadna...
-Llámame Ari. -me cortó.
-Está bien, Ari, si no estas realmente segura de hacerlo, lo comprenderé, pero yo necesito respuestas, necesito saber si es verdad que somos esas niñas perdidas, necesito saber por qué murió mi familia en un incendio en el que yo debería de haber muerto con ellos, aquel que yo si hubiera llegado un poquito antes, nadie hubiese muerto, necesito saber por qué Carolina lee las mentes, también por qué mi abuela está metida en este embrollo... y sobre todo, necesito saber quién es Antonio.
Por un momento, pensé que Ariadna no iba a contestarme, pero estaba equivocada. 
-A medianoche aquí, no llegues tarde. Te prometo que vamos a encontrar todas esas respuestas y por Antonio no te preocupes, sabrás todo lo que tengas que saber, yo te ayudaré.
Me sorprendió lo segura que estába de sus palabras y mi fuero interno no pudo hacer otra cosa que aplaudirle.
-Gracias Ari.
-Puedes contar conmigo para lo que sea Silvia.
-Tú también puedes contar conmigo.
Miramos por última vez las puertas del cementerio antes de dar media vuelta.


Llegué a casa y me sorprendí de encontrar a mi abuela haciendo la cena.

-Abuela, ¿qué haces aquí?
-Pollo al gril, cariño, como a tí te gusta.
La miré y supo que no me refería a eso.
-Pensé que no te darías cuenta, pero veo que eres más inteligente de lo que pensaba.
-No soy tonta abuela, anoche te vi salir a hurtadillas de la casa.
-Sé que no eres tonta cariño, pero tenía que salir.
-Ya, a las 4 de la madrugada... -miré hacia otro lado indignada.
Mi abuela me miraba pensativa y no dijo una palabra hasta pasados lo que parecieron horas para mí.
-No puedo decirte nada, pero espero que estés conforme con saber que está todo bien.
-¿Acaso algo podría ir mal abuela? -le pregunté y me fui sin darle oportunidad de responder.
Me estába ocultando algo y pensaba averiguar qué era. Faltaban 6 horas para la medianoche y no podía estar quieta, me tumbé en la cama intentándo relajarme, intentando no pensar qué podríamos descubrir aquella noche. Preocupada porque no sabía nada de Antonio, habían pasado semanas desde que estuvieramos a punto de besarnos en aquella cueva, donde pasamos la noche junto a Carolina, Ari y Carlos... Carlos, ¿dónde estaría metido? me levanté de la cama pero pronto me arrepentí de ir en su busca, si era amigo de Antonio, lo buscaría y le diría lo que estábamos planeando hacer Ari y yo. Y ninguna queríamos que nadie se enteráse y eso era fácil si metíamos a Carolina por medio, ella no nos podía leer y eso era un gran punto a nuestro favor.


Alguien estába abriendo mi puerta, la silueta de un hombre se ceñía en la oscuridad de la habitación.

-Silvia... -aquel susurro apenas audible, esa voz...
-Antonio, ¿eres tú?
-Silvia, no puedes ir al cementerio, prométemelo.
Antonio se acercaba más y más a mí. Empezaba a reconocer bien su cara, esa cara dura y esos ojos dulces.
-No puedo, tengo que ir. Necesito respuestas,
-Prométemelo. Cuando yo vuelva te las contestaré a todas, prométeme que no irás.
-Lo siento, no puedo...
Entonces, la cara de Antonio se volvió fría y sus ojos se volvieron rojos como el fuego, parecidos al de un demonio...
-Está bien... te lo prometo. -susurré entre gemidos y lloriqueos por aquella cara demonial.


Abrí los ojos de golpe y me encontré tumbada en mi cama, empapada de sudor, miré mi cuarto pero allí no había nadie, solo había sido una pesadilla.

Entonces, cogí el teléfono y busqué el número de Ari. No podía ir, se lo había prometido.

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