Capítulo 20

En el último minuto me arrepentí, cómo antes había dicho, solo había sido una pesadilla. Miré la hora y faltaban 5 minutos para la medianoche, sorprendida salté de la cama y corrí al armario y busqué entre la ropa un jeans negro y una camiseta negra, por el camino hacia la puerta de la casa volví sin hacer ruido para coger una chaqueta de cuero que me compré hacia 4 años y solo me la puse un par de veces.
En cuanto salí a la calle, me la puse, hacía fresquito.
Corrí lo más rápido que pude, hasta que mis pulmones dijeron que ya no tenían aire. Ya estaba cerca del cementerio y cuando pude verlo, me encontré con que no había nadie. Miré el reloj y sólo había pasado unos minutos, no llegaba tarde.
Recordé entonces aquel sueño, mientras esperaba en un pequeño muro a la izquierda de las puertas del cementerio. Sabía que era él, tenía que ser él, pero después... parecía la cara del demonio, esos ojos rojos como el fuego, la cara más pálida, su pelo ondulando mientras se acercaba... y ese grito, aquel grito desgarrador y la promesa que le había echo. Me sentía culpable, se lo había prometido, sentía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero pronto recordaba que tan solo había sido un mal sueño, sólo eso.
Algo me dio en la cabeza y al ver que era una piedra me di la vuelta para ver el gracioso que había sido.
-Silvia... -El susurró procedente de la voz de Ari me sobresaltó.
-Ari, ¿qué haces?
-Calla. Ven aquí, corre.
Salté del muro con una agilidad jamás vista en mí y fui a su posición.
-¿Qué es lo que pasa?
-Algo está pasando, esta noche hay algo raro por aquí, te lo digo enserio.
Fui a contestarle, pero no me dio tiempo, me calló la boca con su mano y me señaló una figura fina que se dirigía a las puertas del cementerio. Llevaba una gorra y el pelo recogido. Era una chica, ¿pero que chica del pueblo sería capaz de entrar a hurtadillas en el cementerio?, ¿sola?
Mi mente voló y se encontró la cara de Carolina.
Ari y yo la observamos mientras veíamos cómo Carolina giraba la cabeza hacia todos lados, miraba a la puerta y la abría con mucho cuidado de no hacer ruido.
-¿Qué estará haciendo? -Le pregunté a Ari.
Pero pronto nos tuvimos que volver a callar, alguien se acercaba por una bocacalle.
-Es mi abuela... ¿Qué esta haciendo aquí mi abuela?
Carolina se dio la vuelta, miró a mi abuela he inclinó la cabeza.
-Usted no debería de hacer eso, princesa. -Le dijo mi abuela.
-¿Princesa? -Preguntamos a la vez Ari y yo.
-Sé que no es lo apropiado, pero no me considero una princesa. Usted me ha dicho que viniera aquí y aquí estoy. ¿Qué es lo que quiere?
-Quiero que te lleves a Silvia y a Ariadna, corréis peligro aqui y yo no puedo ir, a mí me encontrarían muy pronto, pueden localizarme y ya lo están haciendo, quiero que os vayáis.
Carolina se le quedó mirando y no dijo ni una sola palabra. Inclinó de nuevo la cabeza y se marchó. Mi abuela hizo otro tanto.
-No me lo puedo creer... ¿tú abuela también está metido en el ajo?
-Eso parece, hace unas semanas, Antonio vino a mi casa y los oí hablar, cuando bajé mi abuela dijo que me fuese con él. Pero no sé nada más. Y esta tarde cuando he llegado a casa he intentado algo, pero tampoco he conseguido saber que es lo que pasa.
-Es todo muy extraño.
-Y que lo digas... está bien. Vamos a hacer lo que teníamos planeado.
Ari y yo saltamos la verja del cementerio, ya que la habían vuelto a cerrar. Entonces, todo se volvió negro y pasó algo que antes no me había pasado. Empecé a escuchar voces, una de ellas la de Ariadna, quise ir hacía las voces pero sentía que no podía moverme. Me sentía atrapada en la oscuridad, no podía ni si quiera emitir un sonido procedente de mi boca... hasta que una luz resplandeciente se acercaba hacía a mí. Entonces, poco a poco podía ir moviendo partes de mi cuerpo y empezaba a poder decir cosas, incoherentes, pero podía decir algo.

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