Capítulo 26

Todo estaba oscuro, me sentía perdida y con vértigo hasta que unas manos me rescataron de las oscuridad...

Abrí los ojos pero de nuevo los tuve que cerrar, aquella luz cegadora me iba a quemar las retinas. 
-Despacio... tienes que acostumbrarte a esta luz. -Reconocí aquella voz, Carlos.
-¿Se puede saber dónde estamos? Era de noche hace un momento.
Ari estaba más alterada de lo habitual y cuando conseguí abrir los ojos, entendí por qué.
Esto no era Arriate y mucho menos cualquier cosa conocida por mis ojos.
Me levanté despacio mientras intentaba asimilar lo que contemplaban mis ojos. Miré a mi alrededor, tragué, cerré los ojos y los volví a abrir. Mientras escuchaba a Ari gritar a Carlos, pidiéndole que le devolviera a su casa.
Realmente era hermoso... llegué a pensar que no había nada mas bello que aquel lugar. Me agaché y toqué la hierba, era sedosa, suave al tacto, te incitaba a quedarte con ella... más adelante había un gran árbol, con flores naranjas y moradas y alrededor suya había cientos de pequeñitos árboles, vi como su troncos giraban sobre si mismos. Más a lo lejos, había un pequeño estanque, con pequeñas criaturas humanoides con largos brazos y pequeños dientes verdes... Y de repente era como tener una banda sonora en mi cabeza, mi propia música, mi vida, y extrañamente era como si todo aquello fuera normal. Dios... que hermosa visión. 
-¡Silvia! -Alguien me gritó y del susto me caí al suelo.
-¿Qué pasa? -Pregunté al azar, sin saber quien me había gritado.
-¿Qué pasa? ¿Te estás dando cuenta de dónde estamos? ¿Alguien puede decirme dónde estamos? 
Ari...
-Ari, por favor, cálmate y os lo cuento. No podíamos hacer otra cosa.
-¡Que me digas dónde estamos!
-Es el País de Bichos... -Y noté sus miradas como se me clavaban en la nuca.
-¿Cómo lo sabes? -Preguntó Carlos. 
-Eso, ¿cómo lo sabes? -Ari estaba cada vez más alucinada. -Enserio, ¿este es el País de los Bichos? -Le preguntó a Carlos.
-No lo sé, no sé como lo sé, pero lo sé. -Avancé hacia delante, mientras me volvía a agachar para tocar de nuevo aquella hierba. -Es... extraño.
-Bueno, creo que deberíamos de irnos, aquí tampoco es que estemos muy a salvo. -Aconsejó Carolina.
-¿Por qué? ¿No nos podemos quedar un poco más aquí? -Mi súplica no sirvió para nada.
-No. Tenemos que irnos. Nadie está a salvo aquí.
-¿Entonces por qué nos has traído aquí? -Reproché.
-Porque en la Tierra tampoco lo estábamos, por lo menos aquí tenemos ayuda.
-¿Ayuda de quién? -Silencio. -¿Ayuda de quién?
Carolina sacudió su cabeza y sin responder comenzó a andar.
Sin poder evitarlo más, nos propusimos a seguirla. Me daba tanta pena dejar este bello paisaje atrás... Subimos una alta colina y miré atrás. Que natural y hermoso era todo aquello... Seguí a mis compañeros y al mirar hacia delante mi corazón dejó de latir por un segundo.

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