Capítulo 29

Cruzamos el pueblo y pude ver más de cerca las casas redondeadas y todo el mundo con el que nos cruzábamos se nos quedaba mirando, supongo que eramos extraños y sentían curiosidad, pero había algunos que se pasaban de curiosos y nos tocaban las manos.
Algunos habitantes tenían la piel color carne, pero otros tenían la piel azul como el cielo, otros verdes y algunos eran como un arco iris en su propia piel.
Continuamos andando hasta llegar a un portón y tuvimos que parar.
Los vigilantes del portón, que iban cubiertos de hojas cristalinas, nos miraron, inclinaron la cabeza y abrieron el portón. Detrás estaba la ciudadela.
-Bienvenidos a la Fortaleza mis señoras. -Dijo uno de las guardias inclinándose.
-Gra-gracias. -Contestamos torpemente.
Todo aquello era surrealista. Aun no entendía que estaba pasando y que hacíamos nosotros allí.

Cuando traspasamos las enormes puertas de enredaderas y entramos mi corazón dejó de palpitar, todo se volvió oscuro y lo último que recuerdo fue mirada asustada.
Volví en si, pero no abrí los ojos, no quería que todo fuera un sueño y no volver a verla... la extrañaba y ese era mi último recuerdo. Escuché pasos a mi alrededor y me quedé completamente quita, rígida, tanto que casi ni respiraba. Mi corazón latía fuerte. Intenté controlar la respiración, pero no lo conseguía.
-¿Cómo está? -Vale, esa era Ari.
-No se ha despertado aún, ha tenido que ser un fuerte golpe para ella verlos a todos. -Bien, esa voz provenía de Carlos.
Así que no había sido un sueño... ¿pero cómo era posible? Ellos, ella, todos habían...
-¿Cuándo le diremos lo de Becer? Se acabará enterando cuando se despierte.
-Aún es pronto. Y por lo pronto tendrá que asimilar lo que ha pasado. -Replicó Carlos.
Becer... ¿estaba aquí? ¿y no había venido a verme? Eran muchas cosas que asimilar, pero necesitaba a Becer para poder tranquilizarme. Yo misma vi los cuerpos... no podían estar vivos.
-Becer... -mi voz sonó demasiado apagada y baja, pero me escucharon y eso pretendía.
-¿Silvia, estás bien? Si me oyes contéstame. -Imploró Ari.
-Estoy despierta. -Me quise levantar pero no me dejaron.
-No puedes levantarte aún, te has dado un buen golpe.
-No me digas lo que puedo y no puedo hacer Carlos, quiero ir a ver a Becer... ¿por qué no está aquí?-Mi voz ya no era tan débil ni apagada y cada vez me sentía más molesta.
Noté como Carlos y Ari se miraban.
-Está bien... estoy tranquila, me encuentro bien... ahora dime, ¿dónde está Becer?
-Pero... con lo que ha pasado antes... ¿sólo quieres verle a él? -Me preguntó extrañado Carlos.
Respiré profundo intentando tener toda la paciencia que podía.
-Si. -Fue mi única respuesta.
-Silvia, me alegro que estés despierta por fin, veo que ya te encuentras bien. -Aquella mujer, esbelta y hermosa que apareció de repente hizo que toda la habitación se congelara. Miré a los chicos y me dio la sensación que yo era la única en darse cuenta de eso. -Por favor, dejadnos a solas.
-Si, mi Reina. -Se fueron inclinando la cabeza.
-Mi Reina... vaya. -Mi voz sonó un poco vacilante.
-Encantada de conocerte al fin, me han hablado muy bien de ti. -Su voz melodiosa me llegaba a mis oídos como púas.
-Eso lo dudo... no he sido tan buena. Pero si me lo permite, me he enterado que hay un amigo aquí y necesito ir a verlo.
-Es cierto lo que decían... eres directa. Pero quiero hablar contigo. Tu familia...
-Mi familia nada. Me voy. -La corté. Estaba evitando a toda costa pensar en ellos... Esos ojos... Dios, ¿qué pasaba? Todos habían muertos, yo los vi... pero también los acababa de ver al pasar las puertas del palacio...
Becer... te necesito.
-No puede irse. -Sus ojos centellearon desafiantes.
-¿Dónde está Becer?
-Encerrado, claro. Fue una suerte cogerlo a tiempo, a saber que barbaridades habrían echo si mis guardias no lo hubieran atrapado.
¿QUÉ?
-¿Qué?
-¿Qué le sorprende? Supongo que alguien te habrá dicho que el es un renegado. Es hijo de la peor alimaña que existe en este mundo. Un bastardo. No se merece entrar aquí. en dos días habrá un juicio.
-¿Un juicio? No... pero él es mi amigo...
-No compliques mas las cosas niña, no quiero que tu también pases por un juicio, sería doloroso para la corte.
-¿Doloroso o bochornoso?
-Doloroso, claro. -Contestó mientras reía. -¿Qué pensarían tus padres si se enteran de que su hija está enamorada de esa basura?
Sus palabras me enfurecían aún más.
-Quiero ver a Becer.
-No lo voy a permitir, tu te quedarás aquí y el se irá.
Alguien tocó a la puerta y pidiendo permiso entró. Al instante cerré los ojos y con un grito todo se paralizó.
-¡QUIERO VER A BECER! ¡TODOS FUERA! ¡NO LO SOPORTO MAS! -Y las lágrimas empezaro a recorrer mis mejillas. -SI EL SE VA YO ME VOY.
-Hija... -Luego de su mirada, su voz también se volvió rota. Mamá...
Me levanté y aprovechando que la puerta estaba abierta me escapé.
-Silvia, no puedes irte, debes descansar. -La voz de la Reina, ahora con un tono que parecía preocupación.
Unos guardias se tropezaron conmigo pero cuando fui a empujar a uno con mi mano, de ella salió un torbellino de hojas y ramas.
-Pero, ¿qué? -Me paré por un segundo mirándome la mano. Me di cuenta que aun quedaba otro guardia y detrás mía la Reina y... mi madre. Así que corrí gritando su nombre.
-¡BECER! ¡BECER! ¡BECER! -Si el me escuchara, pensaría que estoy loca y por primera vez en mucho tiempo me reí de verdad... realmente estaba loca.
Vi un pequeño armario y vigilando que ahora no me veía nadie me escondí. Cuando entré mi sorpresa aumentó en cuanto vi que no era pequeño, al contrario, parecía como una habitación de grande. Espero poco tiempo cuando escuché las voces de Carlos y Ari.
-Es lista, se habrá escondido en algún sitio hasta que pueda salir, pero no comprendo por qué huye y no va a ver a su familia.
-Yo si la comprendo Carlos... habrá sido un duro golpe enterarte que tu familia no murió de verdad.
Entonces salí.
-Silvia...
-Shh... necesito que me llevéis con Becer. Por favor... lo necesito.
Carlos fue a replicar, pero en esta ocasión Ari le dio un golpe en las costillas y lo hizo callar.
-Te ayudaremos. -Prometió.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 33

Capítulo 23

Capítulo 9