Capítulo 13

-¿De verdad existe ese mundo del que habláis? -le pregunté a Becer.
Estábamos sentados en un puente colgante, bien sujeto, en la entrada de la cueva, a nuestros pies, el agua caía helada. Los demás estaban intentando encender una pequeña hoguera al resguardo, en un pequeño boquete en la montaña del claro.
-Si. No mentiríamos... sería algo estúpido inventarse algo así para gastar una broma, ¿no crees? -me miró a los ojos con una chispa de gracia.
Entonces, empezamos a reírnos, como dos adolescentes normales, como si realmente fuéramos de este mundo... y no de otro.
Pero la diversión se me acabó cuando recordé una cosa.
-¿Y mi abuela?
Antonio me miró de nuevo a los ojos.
-Tu abuela es fuerte, sabe lo que tiene que hacer. -Su mano me acarició la espalda con dulzura.
Le miré y sus ojos intensos me miraban diferente, todo mi mundo desapareció, todo menos él. En ese momento no se me pasaba nada por la cabeza qué decir, pero si sabía algo que podía hacer... nos acercamos poco a poco. Nuestros labios casi se rozaban cuando una voz a lo lejos nos interrumpió.
-¡Eh, chicos! -la voz inconfundible de Carlos sonaba desde el principio de las escaleras de piedra. -La cena casi está a punto.
-¡Ya vamos! -le gritó Antonio, irritado.
Sus ojos volvieron a mirarme y sentí como se me encendían las mejillas del rumor. Me levanté torpemente y me ayudó a bajar las escaleras con cuidado. No me había dado cuenta de que llevaba vestido hasta que un viento repentino me lo subió hasta la cintura... mis mejillas enrojecieron más cuando escuché una risita detrás mía, la risa de Antonio.


Durante la cena, pensaba en todo lo que había pasado todo ese día, desde el primer momento con Becer, hasta el adiós con mi abuela y cuando me enteré de que yo era una de las "niñas robadas". Aún me parecía raro pensar que Carlos era uno de esos seres... tantos años de amistad y nunca me había enterado de nada. Le observé y me di cuenta de una cosa. Él no paraba de mirar a Ariadna... parecía como si quisiera protegerla incluso con su sola presencia, incluso, me atrevería a apostar que la quería. Ariadna tampoco paraba de mirarlo y ahí no lo apostaría, si no, daría todo lo poco que tengo a sabiendas que Ari estaba enamorada de él.

Carolina era la que más apartada, estaba... solitaria. Así que me acerqué a ella.
-Hola.
Sus hombros hundidos y sus ojos apagados me miraron.
-¿Qué quieres?
-Bueno... estaba pensando en si te gustaría que luego nos diéramos un baño... hace calor y el agua parece fresquita.
Su cuerpo dio media vuelta, miró al agua y con un asentimiento de cabeza y con una pequeñita luz que asomaba en lo más profundo de sus ojos me dijo que sí.
-Perfecto. -le sonreí con ganas.

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