Capítulo 12

-Te estás volviendo loco... no puedes estar hablando enserio. -Los ojos desorbitados de Carolina miraban al vacío.
Becer le miraba como si lo que nos acababa de explicar fuese lo más natural del mundo.
Yo pensé lo mismo que Carolina, Antonio se tenía que estar volviendo loco... no existían las hadas, ninfas, gnomos, elfos... por mucho que la gente se empeñara, no podían existir seres sobrenaturales...
-No puede ser... esos seres sólo existen en los cuentos Antonio. -le dije muy convencida.
-Las tres -dijo mirándonos a Ari, Carolina y a mí.- os desmayáis cuando entráis al cementerio, el cual es un portal muy importante en nuestro mundo, pero aun no estáis preparadas para entrar. Carolina, sé lo que puedes hacer, esto no es un comics, no haces lo que haces porque un acelerador de partículas te explotara, sabes como hacer para enterarte de si miento o no. Hazlo y lo descubrirás. Sabes que no miento. Aquí todos nosotros tenemos un pasado... -Terminó mientras miraba también a Carlos, que se quedó un poco apartado.
-¿Nosotros? -preguntó Ari. Era la primera vez que hablaba desde que estábamos en el cementerio. Pero no se lo preguntaba a Becer, sino, a Carlos.
Este, por su parte, empezó a andar hacia nosotros, poco a poco, como si acercarse fuera un terrible dolor. Hizo una mueca mientras por fin, se atrevió a mirar a Ari.
-Yo... yo... -balbuceaba, sin saber como empezar.
-Tú, ¿qué? -le animé a seguir.
Carlos me miró, le di confianza y por fin empezó a hablar.
-Yo soy como vosotras. Pero de distinta manera, mi sangre no es como la vuestra, tiene pasados oscuros, mi madre era hija de lord Gravensed... -su expresión se tornó oscura de repente y Antonio se acercó a él para darle un apoyo, pero Carlos lo rechazó. -Mi padre, un ser tan extraordinario como bondadoso, ayudó a mi madre a salir de ese mundo malvado. Yo era muy pequeño, cuando mis padres decidieron que yo no estaba preparado para vivir en nuestro mundo, para saber la verdad de mi naturaleza...
Entonces, me acordé de algo.
-Pero, tus padres... están muertos... -le interrumpí.
-Si... mi abuelo se enteró de la traición de mi madre, y hizo que los mataran a los dos... a mi madre por la traición y a mi padre por ser quien era, por tener la sangre blanca y pura. Así fue como me enteré de lo que soy... mi abuelo piensa que lo apoyo, que estoy con él y que daría cuerpo y alma por él, pero lo único que quiero es venganza... por eso me uní a Becer cuando lo conocí.
No podía ser verdad nada de lo que estaba diciendo...
-¿Y qué tiene de tan malvado ese abuelo tuyo? -le preguntó Ariadna.
Pero no fue Carlos quien le contestó. Él estaba demasiado trastornado como para contestar.
-Quiere el poder de todo el País de los Bichos.
-Espera, espera... ¿el País de los Bichos?, ¿estás loco? No sé... digo, a lo mejor se te ha metido algún bichito de esos en la cabeza y te ha vuelto majareta. -le solté medio gritando.
-Callad. -la voz de Carolina, por alguna razón, nos hizo efecto a todos. Nos callamos como si fuera un deber hacerlo. -Si es verdad todo esto que estáis contando y pensando...- Esta última palabra la dijo muy bajito, apenas audible. -¿Qué tenemos que ver nosotras en todo esto?
-Ahí quería yo llegar. -En la cara de Antonio se dibujó una media sonrisa. -Vosotras sois las niñas robadas.
-¿Niñas robadas? Explícate bien, por favor.
Entonces, Carlos empezó a ponerse muy nervioso, mirando a su alrededor y murmuraba cosas extrañas.
-Alguien se acerca, tenemos que irnos de aquí. -Dijo Becer mirando a Carlos.
-¿Y cómo lo hacemos si sólo hay dos motos? -preguntó Carolina con sorna.
-Me he enterado que tú sabes conducir una, ¿no? -le preguntó Becer a Carolina.
-Si... pero sigue habiendo dos motos.
De repente, al lado de las dos motos, apareció otra. Ariadna se quedó fascinada, Carolina la miró con desconfianza y yo pegué un salto.
-Apariciones... eso es lo que yo hago. -La sonrisa de Becer mostraba burla.
Carolina le miró con desconfianza, pero no dijo ni una palabra mientras se subía a la moto y la ponía en marcha, Carlos y Antonio hicieron lo mismo, mientras Ariadna subía a la moto de Carlos y yo a la de Antonio.
-Está bien, ¿hacia dónde vamos? -Preguntó Carolina.
-Supongo que tu sabrás dónde está la Cueva del Gato, ¿no?
-Claro que sí.
-Pues guíanos.
Sin decir nada, Carolina arrancó la moto y salió disparada hacia una calle estrecha que conducía a una de las salidas del pueblo, Carlos y Antonio le siguieron todo el camino, muy atentos.

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